Sonetos lovecraftianos.

Tres poemas escogidos de “Los hongos de Yuggoth”, de H.P.Lovecraft.

BESTEZUELAS NOCTURNAS

No sabría decir de qué criptas salen arrastrándose,
Pero cada noche veo esas criaturas viscosas,
Negras, cornudas y descarnadas, con alas membranosas
Y colas que ostentan la barba bífida del infierno.
Llegan en legiones traídas por el viento del Norte
Con garras obscenas que cosquillean y escuecen,
Y me agarran y me llevan en viajes monstruosos
A mundos grises ocultos en el fondo del pozo de las pesadillas.

Pasan rozando los picos dentados de Thok
Sin hacer el menor caso de mis gritos ahogados,
Y descienden por los abismos inferiores hasta ese lago inmundo
Donde los shoggoths henchidos chapotean en un sueño dudoso.
Pero ¡ay! ¡Si al menos hicieran algún ruido
O tuvieran una cara donde se suele tener!

SIRENAS PORTUARIAS

Por encima de viejos tejados y agujas desconchadas

Las sirenas del puerto cantan durante toda la noche;

Gargantas venidas de puertos extraños, de blancas playas lejanas

Y océanos fabulosos, concertadas en coros abigarrados.

Ajenas unas a otras, no se conocen entre sí,

Pero todas, por obra de alguna fuerza oscuramente concentrada

Desde abismos ensimismados más allá del curso del Zodiaco,

Se funden en un misterioso zumbido cósmico.

A través de vagos sueños organizan un desfile

De formas aún más vagas, insinuaciones y visiones;

Ecos de vacíos exteriores e indicios sutiles

De cosas que ni ellas mismas pueden definir.

Y siempre en ese coro, tenuamente entreveradas,

Captamos algunas notas que ningún buque terrenal emitió jamás.

AZATHOTH

El demonio me llevó por el vacío sin sentido

Más allá de los brillantes enjambres del espacio dimensional,

Hasta que no se extendió ante mí ni tiempo ni materia

Sino sólo el Caos, sin forma ni lugar.

Allí el inmenso Señor de Todo murmuraba en la oscuridad

Cosas que había soñado pero que no podía entender,

Mientras a su lado murciélagos informes se agitaban y revoloteaban

En vórtices idiotas atravesados por haces de luz.

Bailaban locamente al tenue compás gimiente

De una flauta cascada que sostenía una zarpa monstruosa,

De donde brotaban las ondas sin objeto que al mezclarse al azar

Dictan a cada frágil cosmos su ley eterna.

“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,

Mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.

Howard Phillips Lovecraft, escritor introvertido, renovador del género de terror, gatófilo y misántropo hasta la médula.

Svank-meyers onanielexikon!!

El futuro pertenece a las máquinas ipsatrices.

(por Jan Švankmajer)

Nuestros antepasados descendieron de los árboles y enderezaron su columna vertebral para liberar sus miembros anteriores. Tenían la profunda necesidad de disponer a gusto de las patas delanteras: sólo ellas podían permitirles practicar la masturbación. Pese a las calumnias con que la han cubierto los hipócritas y a las prevenciones de las que ha sido víctima por parte de los timoratos,  la práctica de la masturbación ha sido siempre útil a la humanidad, tal como lo demuestra Bohuslav Brouk en su libro “Autosexualidad y psicoerotismo.

Las posibilidades que brinda la tecnología actual, especialmente la tecnología punta, permiten augurar para el futuro próximo el auge de una  masturbación de masas, frente a la cual la experiencia solitaria del masturbador del siglo XIX o de principios del XX aparecerá como una supervivencia del pasado preindustrial. Podremos entonces, según nuestro gusto e ideología, extrañar l encanto artesanal de aquella experiencia del pasado o deplorar su carácter rudimentario. Quiérase o no, la masturbación salvaje está permitida, orque ya no responde a los problemas planteados por la explosión demográfica. De aquí al año 2000 habrá ocho mil millones de seres humanos a quienes no sólo habrá que vestir y alimentar, sino también hacer gozar. Esto sólo se logrará generalizando la práctica de la masturbación automática.

La aceleración del proceso de producción industrial, que abarca todos los ámbitos de la existencia, tiende a reducir a cero el tiempo necesario para el acoplamiento humano, que, como se sabe, puede llegar a ser muy largo. El hombre y la mujer tienen cada vez menos tiempo libre para reconocerse, para elegirse mutuamente. ¡Qué más da!

Las máquinas ipsatrices os permitirán elegir vuestra pareja al instante y con total libertad, y conduciros en semejante ocasión como si jamás hubierais tenido que superar la timidez o el respeto por las convenciones.

Estas máquinas son el futuro. Y sin embargo, la masturbación mecánica no ha nacido hoy.

1. Aparatos producidos en serie y desviados de su función habitual.

La masturbación mecánica puede ser practicada con ayuda de máquinas diversas que, concebidas para cualquier otro uso, se prestan sin embargo a este empleo singular. Los casos de masturbación eran frecuentes entre las costureras que se servían de máquinas de coser a pedal (léase en “De l’ onanisme chez la femme”, dePouillet). Desde la aparición de la máquina de coser eléctrica, que ha demostrado ser inadecuada para este uso, las masturbadoras se han conformado con la lavadora, cuyas vibraciones, al transmitirse a su regazo, siempre que sepan adoptar una postura adecuada, les producen intensas satisfacciones. Numerosas mujeres se entregan a este ejercicio de manera totalmente inconsciente.

Un tipo especial de masturbación, por otra parte muy difundida, es sin duda el automovilismo. Es raro, sin embargo, que lleve al orgasmo. Pero el mejor ejemplo de una técnica desviada en favor de la masturbación nos lo da la televisión: hasta la introducción de la pequeña pantalla en los hogares, los diversos artefactos domésticos sólo aportaban al masturbador una ayuda mecánica. Con la televisión, la tecnología interviene en el plano psíquico. Se conocen casos de masturbación provocada por la aparición en la pequeña pantalla de una locutora conocida, un cantante, un campeón o un político.

2. Máquinas ipsatrices de fabricación artesanal.

La más conocida -una máquina a pedal para uso de las mujeres- se encuentra en el Museo de Criminología de Dresde. Mucho más notable, sin embargo, desde el punto de vista de su construcción, es la máquina ipsatriz para hombres que se conserva en el museo de Criminología de Praga, en la calle Saint-Barthélémy. A primera vista, se trata más bien de una “dama de viaje”, pero un examen más minucioso permite descubrir en su interior un mecanismo muy original. En efecto, la cabeza de la dama oculta un balancín cuya extremidad inferior termina en la entrepierna y sostiene un guante de cuero cuyos dedos, replegados sobre la palma, parecen apretar un invisible miembro. Relleno de una argamasa que asegura su firmeza, ese guante, previamente lubricado en su cara interna, simula ser el orificio vaginal en el que el masturbador introducirá su pene para ser masturbado, gracias al movimiento del balancín que él mismo habrá puesto en movimiento.

3. Máquinas ipsatrices inspiradas por la curiosidad científica.

Según William H. Masters y Virginia E. Johnson, un grupo de físicos ha creado un simulador capaz de reproducir artificialmente las condiciones del coito y de medir la intensidad de las reacciones de un individuo dado en semejantes circunstancias. El aparato consta de una gama de penes plásticos, concebidos para adaptarse a las particularidades físicas de la mayoría de las mujeres y que poseen las cualidades ópticas del vidrio liso.

Una iluminación de luz fría permite observar y registrar la amplitud de sus movimientos. A medida que se eleva el grado de excitación de la paciente, se observa que la frecuencia y amplitud de los movimientos del pene crecen proporcionalmente a sus aspiraciones sexuales subjetivas. El aparato funciona con electricidad.

4. Máquinas ipsatrices especiales.

El desarrollo de la cultura de masas va acompañado de un empobrecimiento de la imaginación individual. A raíz de ello, la estructura psíquica de la masturbación, el psicoerotismo, tiende a desaparecer. Así, la masturbación clásica, reducida a una simple manipulación, ya no está en condiciones de satisfacer al masturbador, aun cuando ése ponga a trabajar todo un arsenal de artefactos electrodomésticos. Es que la máquina ipsatriz propiamente dicha, concebida exclusivamente para satisfacer física y psíquicamente al masturbador, aún no ha sido construida. Su concepción no plantea sin embargo ningún problema teórico, y la tecnología actual  debería permitir su fabricación en serie. Tenemos, pues, derecho a sorprendernos de que aún no haya hecho su aparición en el mercado, tanto más cuanto que respondería a los deseos de la mayoría de nuestros contemporáneos, procurándoles a voluntad, sin pérdida de tiempo inútil, un placer erótico personalizado. En efecto, la máquina ipsatriz libera al masturbador de los fastidiosos trámites ante su pareja y de la obligación de hacerle la corte. Basta con introducir una moneda en la hendidura del aparato y apretar un botón para que surja la imagen de aquel o aquella que se desea.

5. Funcionamiento de la máquina ipsatriz.

Pueden considerarse resueltos los problemas puramente mecánicos concernientes al funcionamiento de la máquina ipsatriz. En efecto, bastará con adoptar, con miras a su producción a escala industrial, el prototipo calibrado por los radiofisiólogos. Es distinto el caso de la programación psicoerótica de la máquina, que plantea delicados problemas de elección. Los medios masivos de comunicación no sólo participan en forma decisiva en la formación del ideal del yo, que adquiere en nuestra época un carácter más o menos colectivo. También contribuyen en la formación del ánimus y del ánima, que adquieren a su vez un carácter de masas. Es necesario, por lo tanto, tomar en cuenta este fenómeno de reducción de lo individual a lo colectivo para programar la máquina ipsatriz. La elección de las secuencias visuales y sonoras destinadas a estimular la claudicante imaginación psicoerótica del masturbador, puede entonces reducirse a una cuestión de estadística.

Recomendaría a los constructores que, para la presentación general del autómata, se inspirasen en la de las máquinas de discos. El masturbador, como si se tratase de elegir el título de un disco en el tablero del aparato, elegiría el nombre de una pareja, cuya imagen aparecería inmediatamente en la pantalla. Esta pareja, hombre o mujer, habrá sido filmada con ayuda de un gran angular, para poder presentar al masturbador la imagen que ofrecería durante el coito, por delante y por detrás. Debería utilizarse sobre todo la imagen de personalidades conocidas por el gran público: cantantes, actores y actrices, locutoras y anunciadoras de televisión, deportistas, políticos, etc., elegidos en función de su grado de popularidad.

Duración de las sesiones.

Cada usuario deberá tener la libertad de prolongar su mano a mano con el autómata según sus posibilidades y exigencias. De todos modos, en los autómatas masturbadores públicos, el tiempo de utilización será medido, como en las cabinas telefónicas, en unidades de tres minutos. Pasado este plazo, el masturbador deberá introducir una nueva moneda o una nueva ficha en caso de que desee prolongar la experiencia.

Instalación de autómatas masturbadores públicos

En mi opinión, la generalización del uso de máquinas ipsatrices no puede depender de la iniciativa privada. Inicialmente, al menos, será necesario organizar estaciones públicas de masturbación con la participación del Estado.

En una primera fase, las máquinas ipsatrices de modelo corriente deberían ser instaladas en lugares cerrados: clubes de empresas, salas de reunión para jóvenes pioneros, locales políticos, salones de estudio de los colegios, cuarteles, etc. Se las instalará luego cerca de los lugares de trabajo, a fin de reducir las pérdidas de tiempo más importante de la jornada. Se podrá finalmente extender su implantación a todos los lugares públicos en los que la concurrencia de un cierto número de personas provoca el deseo: piscinas,  estadios, estaciones, hoteles, restaurantes, salas de espera, etc.

En cuanto a las máquinas especialmente programadas para las desviaciones sexuales, recomendaría instalarlas en los hospitales y clínicas psiquiátricas. Así se protegería el anonimato de los masturbadores perversos contra la maledicencia de la multitud. Estos, sobre todo los sádicos y pedófilos, tendrán además la ventaja de librarse a sus ejercicios favoritos bajo control médico. Se comprobaría entonces que las desviaciones sexuales son mucho más frecuentes de lo que revelan las estadísticas. Mañana, las máquinas ipsatrices permitirán a todos estos desviados sexuales secretos, hasta aquí condenados a una vida sexual convencional, liberarse de sus frustraciones.

En suma, la implantación progresiva, en todos los lugares públicos y de trabajo, de cadenas de autómatas masturbadores ofrece para la sociedad una serie de ventajas  de primordial importancia:

1. Mano de obra sana y no frustrada, que durante la jornada de trabajo pensaría únicamente en su tarea.

2. Familia armoniosa. Menos divorcios y, por lo tanto, menos niños desdichados.

3. Prácticamente, liquidación de la prostitución y de las enfermedades venéreas.

4. Libertar para los desviados sexuales: su integración al proceso de trabajo.

5. Disminución de los delitos sexuales.

6. Gracias a las máquinas ipsatrices, democratización del erotismo y, por consiguiente, de la sociedad entera, ya que ellas habrán suprimido los privilegios de la belleza de ambos sexos.

7. Control del Estado sobre la vida sexual de los ciudadanos.

Conclusión.

Las ventajas que se desprenden de la implantación de las máquinas ipsatrices en la vida social son tan evidentes que se puede considerar muy próximo el advenimiento de estas máquinas cuyo original, expuesto sin mención del autor en el Museo de Criminología de la calle Saint-Barthélémy, será solemnemente trasladado al Museo Nacional de la Técnica de Praga-Letná, para figurar en él al lado de la lámpara de arco de Krizik y el pararrayos de Divis.

Jan Švankmajer, cineasta surrealista, escritor y masturbafor orgulloso.

¿Dandy misógino… o el Edipo de la Época Victoriana?

“La esfinge sin secreto”

(Cuento de Oscar Wilde)

Una tarde, tomaba mi vermú en la terraza del Café de la Paix, contemplando el esplendor y la miseria de la vida parisina y asombrándome del extraño panorama de orgullo y pobreza que desfilaba ante mis ojos, cuando oí que alguien me llamaba. Volví la cabeza y vi a lord Murchison. No nos habíamos vuelto a ver desde nuestra época de estudiantes, hacía casi diez años, así que me encantó encontrarme de nuevo con él y nos dimos un fuerte apretón de manos. En Oxford habíamos sido grandes amigos. Yo lo había apreciado muchísimo, ¡era tan apuesto, íntegro y divertido! Solíamos decir que habría sido el mejor de los compañeros si no hubiese dicho siempre la verdad, pero creo que todos le admirábamos más por su franqueza. Me pareció que estaba muy cambiado. Daba la impresión de estar inquieto y desorientado, como si dudara de algo. Comprendí que no podía ser un caso de escepticismo moderno, pues Murchison era el más firme de los conservadores, y creía con la misma convicción en el Pentateuco que en la Cámara de los Pares; así que llegué a la conclusión de que se trataba de una mujer, y le pregunté si se había casado.

-No comprendo suficientemente bien a las mujeres -respondió.

-Mi querido Gerald -dije-, las mujeres están hechas para ser amadas, no comprendidas.

-Soy incapaz de amar a alguien en quien no puedo confiar -replicó.

-Creo que hay un misterio en tu vida, Gerald -exclamé-; ¿de qué se trata?

-Vamos a dar una vuelta en coche -contestó-, aquí hay demasiada gente. No, un carruaje amarillo no, de cualquier otro color… Mira, aquel verde oscuro servirá.

Y poco después bajábamos trotando por el bulevar en dirección a la Madeleine.

-¿Dónde vamos? -quise saber.

-¡Oh, donde tú quieras! -repuso-. Al restaurante del Bois de Boulogne; cenaremos allí y me hablarás de tu vida.

-Me gustaría que tú lo hicieras antes -dije-. Cuéntame tu misterio.

Lord Murchison sacó de su bolsillo una cajita de tafilete con cierre de plata y me la entregó. La abrí. En el interior llevaba la fotografía de una mujer. Era alta y delgada, y de un extraño atractivo, con sus grandes ojos de mirada distraída y su pelo suelto. Parecía una clairvoyante, e iba envuelta en ricas pieles.

-¿Qué opinas de ese rostro? -inquirió-. ¿Lo crees sincero?

Lo examiné detenidamente. Tuve la sensación de que era el rostro de alguien que guardaba un secreto, aunque fuese incapaz de adivinar si era bueno o malo. Se trataba de una belleza moldeada a fuerza de misterios… una belleza psicológica, en realidad, no plástica… y el atisbo de sonrisa que rondaba sus labios era demasiado sutil para ser realmente dulce.

-Bueno -exclamó impaciente-, ¿qué me dices?

-Es la Gioconda envuelta en martas cibelinas -respondí-. Cuéntame todo sobre ella.

-Ahora no, después de la cena -replicó, antes de empezar a hablar de otras cosas.

Cuando el camarero trajo el café y los cigarrillos, recordé a Gerald su promesa. Se levantó de su asiento, recorrió dos o tres veces de un lado a otro la estancia y, desplomándose en un sofá, me contó la siguiente historia:

-Una tarde -dijo-, estaba paseando por la Calle Bond alrededor de las cinco. Había una gran aglomeración de carruajes, y éstos estaban casi parados. Cerca de la acera, había un pequeño coche amarillo que, por algún motivo, atrajo mi atención. Al pasar junto a él, vi asomarse el rostro que te he enseñado esta tarde. Me fascinó al instante. Estuve toda la noche obsesionado con él, y todo el día siguiente. Caminé arriba y abajo por esa maldita calle, mirando dentro de todos los carruajes y esperando la llegada del coche amarillo; pero no pude encontrar a ma belle inconnue y empecé a pensar que se trataba de un sueño. Aproximadamente una semana después, tenía una cena en casa de Madame de Rastail. La cena iba a ser a las ocho; pero, media hora después, seguíamos esperando en el salón. Finalmente, el criado abrió la puerta y anunció a lady Alroy. Era la mujer que había estado buscando. Entró muy despacio, como un rayo de luna vestido de encaje gris y, para mi inmenso placer, me pidieron que la acompañase al comedor.

»-Creo que la vi en la Calle Bond hace unos días, lady Alroy -exclamé con la mayor inocencia cuando nos hubimos sentado.

»Se puso muy pálida y me dijo quedamente:

»-No hable tan alto, por favor; pueden oírlo.

»Me sentí muy desdichado por haber empezado tan mal, y me zambullí imprudentemente en el asunto del teatro francés. Ella apenas decía nada, siempre con la misma voz baja y musical, y parecía tener miedo de que alguien la escuchara. Me enamoré apasionada, estúpidamente de ella, y la indefinible atmósfera de misterio que la rodeaba despertó mi más ferviente curiosidad. Cuando estaba a punto de marcharse, poco después de la cena, le pregunté si me permitiría ir a visitarla. Ella pareció vacilar, miró a uno y otro lado para comprobar si había alguien cerca de nosotros, y luego repuso:

»-Sí, mañana a las cinco menos cuarto.

»Pedí a Madame de Rastail que me hablara de ella, pero lo único que logré saber fue que era una viuda con una casa preciosa en Park Lane; y como algún aburrido científico empezó a disertar sobre las viudas, a fin de ilustrar la supervivencia de los más capacitados para la vida matrimonial, me despedí y regresé a casa.

»Al día siguiente llegué a Park Lane con absoluta puntualidad, pero el mayordomo me comunicó que lady Alroy acababa de marcharse. Me dirigí al club bastante apesadumbrado y totalmente perplejo, y, después de meditarlo con detenimiento, le escribí una carta pidiéndole permiso para intentar visitarla cualquier otra tarde. No recibí ninguna respuesta en varios días, pero finalmente llegó una pequeña nota diciendo que estaría en casa el domingo a las cuatro, y con esta extraordinaria postdata: “Le ruego que no vuelva a escribirme a esta dirección; se lo explicaré cuando le vea”. El domingo me recibió y no pudo estar más encantadora; pero, cuando iba a marcharme, me rogó que, si en alguna ocasión la escribía de nuevo, dirigiera mi carta “a la atención de la señora Knox, Biblioteca Whittaker, Calle Green”.

»-Existen razones -dijo- que no me permiten recibir cartas en mi propia casa.

»Durante toda aquella temporada, la vi con asiduidad, Y jamás la abandonó aquel aire de misterio. A veces se me ocurría pensar que estaba bajo el poder de algún hombre, pero parecía tan inaccesible que no podía creerlo. Era realmente difícil para mí llegar a alguna conclusión, pues era como uno de esos extraños cristales que se ven en los museos, y que tan pronto son transparentes como opacos. Al final decidí pedirle que se casara conmigo: estaba harto del constante sigilo que imponía a todas mis visitas y a las escasas cartas que le enviaba. Le escribí a la biblioteca para preguntarle si podía reunirse conmigo el lunes siguiente a las seis. Me respondió que sí, y yo me sentí en el séptimo cielo. Estaba loco por ella, a pesar del misterio, pensaba yo entonces -por efecto de él, comprendo ahora-. No; era la mujer lo que yo amaba. El misterio me molestaba, me enloquecía. ¿Por qué me puso el azar en su camino?

-Entonces, ¿lo descubriste? -exclamé.

-Eso me temo -repuso-. Puedes juzgar por ti mismo.

»El lunes fui a almorzar con mi tío y, hacia las cuatro, llegué a Marylebone Road. Mi tío, como sabes, vive en Regent’s Park. Yo quería ir a Piccadilly y, para atajar, atravesé un montón de viejas callejuelas. De pronto, vi delante de mí a lady Alroy, completamente tapada con un velo y andando muy deprisa. Al llegar a la última casa de la calle, subió los escalones, sacó una llave y entró en ella. “He aquí el misterio”, pensé; y me acerqué presuroso a examinar la vivienda. Parecía uno de esos lugares que alquilan habitaciones. Su pañuelo se había caído en el umbral. Lo recogí y lo metí en mi bolsillo. Entonces empecé a cavilar sobre lo que debía hacer. Llegué a la conclusión de que no tenía el menor derecho a espiarla y me dirigí en carruaje al club. A las seis aparecí en su casa. Se hallaba recostada en un sofá, con un elegante vestido de tisú plateado sujeto con unas extrañas adularias que siempre llevaba. Estaba muy hermosa.

»-No sabe cuánto me alegro de verlo -dijo-; no he salido en todo el día

»La miré sorprendido, y sacando el pañuelo de mi bolsillo, se lo entregué.

»-Se le cayó esta tarde en la Calle Cummor, lady Alroy -señalé sin inmutarme.

»Me miró horrorizada, pero no hizo ninguna tentativa de coger el pañuelo.

»-¿Qué estaba haciendo allí? -inquirí.

»-¿Y qué derecho tiene usted a preguntármelo? -exclamó ella.

»-El derecho de un hombre que la quiere -contesté-; he venido para pedirle que sea mi mujer.

»Ocultó el rostro entre las manos y se deshizo en un mar de lágrimas.

»-Debe contármelo -proseguí.

»Ella se puso en pie y, mirándome a la cara, respondió:

»-Lord Murchison, no tengo nada que contarle.

»-Fue usted a reunirse con alguien -afirmé-; ése es su misterio.

»Lady Alroy adquirió una palidez cadavérica y dijo:

»-No fui a reunirme con nadie.

»-¿Acaso no puede decir la verdad? -exclamé.

»-Ya se la he dicho -repuso.

»Yo estaba furibundo, enloquecido; no recuerdo mis palabras, pero la acusé de cosas terribles. Finalmente, me precipité fuera de su domicilio. Ella me escribió una carta al día siguiente; se la devolví sin abrir y me fui a Noruega con Alan Colville. Regresé un mes más tarde y lo primero que leí en el Morning Post fue la muerte de lady Alroy. Se había resfriado en la ópera, y había muerto de una congestión pulmonar a los cinco días. Me encerré en casa y no quise ver a nadie. La había querido demasiado, la había amado con locura. ¡Santo Dios! ¡Cuánto había amado a esa mujer!

-¿Y nunca fuiste a aquella casa? -le interrumpí.

-Sí -replicó.

»Un día me dirigí a la Calle Cummor. No pude evitarlo; me torturaba la duda. Llamé a la puerta y me abrió una mujer de aire respetable. Le pregunté si tenía alguna habitación para alquilar.

»-Verá, señor -contestó-, en teoría los salones están alquilados; pero, como hace tres meses que la señora no viene y que nadie paga la renta, puede usted quedarse con ellos.

»-¿Es ésta su inquilina? -quise saber, mostrándole la foto.

»-Sin duda alguna -exclamó-, y ¿cuándo piensa volver, señor?

»-La señora ha fallecido -repuse.

»-¡Oh, señor, espero que no sea cierto! -dijo la mujer-. Era mi mejor inquilina. Me pagaba tres guineas a la semana sólo por sentarse en mis salones de vez en cuando.

»-¿Se reunía con alguien? -le pregunté.

»Pero la mujer me aseguró que no, que siempre llegaba sola y jamás veía a nadie.

»-¿Y qué diablos hacía? -inquirí.

»-Se limitaba a sentarse en el salón, señor, y leía libros; a veces también tomaba el té -respondió ella.

»No supe qué contestarle, así que le di una libra y me marché.

-Y bien, ¿qué crees que significaba todo aquello? ¿No pensarás que la mujer decía la verdad?

-Pues claro que lo pienso.

-Entonces, ¿por qué acudía allí lady Alroy?

-Mi querido Oswald -replicó-, lady Alroy era simplemente una mujer obsesionada con el misterio. Alquiló esas habitaciones por el placer de ir allí tapada con su velo, imaginando que era la heroína de una novela. Le encantaban los secretos, pero no era más que una esfinge sin secreto.

-¿De veras lo crees?

-Estoy convencido.

Sacó la cajita de tafilete, la abrió y contempló la fotografía.

-Sigo teniendo mis dudas -exclamó finalmente.

FIN

Oscar Wilde, dramaturgo, novelista, dandy irlandés y sobre todo víctima de escándalos por todo tipo de acusaciones sexuales.

Chinería königsberguense y demás aforismos nietzscheanos en contra de la religión en general

A continuación, varios escritos misceláneos de Friedrich Nietzsche:

Escritos sobre la Décadence:

“Consecuencias de la décadence”

El vicio, la viciosidad,

la enfermedad, la morbosidad,

el crimen, la criminalidad,

el celibato, la esterilidad,

el histerismo, la debilidad de la vluntad, el alcoholismo,

el pesimismo, el anarquismo.

“El concepto Décadence”

Los desechos, los escombros, los desperdicios no son algo que haya que condenar en sí: son una consecuencia necesaria de la vida, del crecimiento de la vida. El fenómeno de la décadence es tan necesario como cualquier subida y avance de la vida: no está en nuestras manos eliminarlo. La razón quiere, por el contrario, que a la décadence se le otorgue su derecho.

Es un oprobio para todos los sistemáticos socialistas el que opinen que podría haber circunstancias, combinaciones sociales, en las cuales el vicio, la enfermedad, el crimen, la prostitución, la indigencia ya no seguirían creciendo… Pero eso significa condenar la vida… Una sociedad no es libre de seguir siendo joven. E incluso en medio de su mejor fuerza, tiene que producir basura y materiale de desecho. Cuanto más audaz y enérgicamente proceda, tanto más abundante será en desgraciados, en malformados, tanto cerca estará del hundimiento. La vejez no se elimina con instituciones; tampoco la enfermedad; tampoco el vicio.

“Sobre el concepto décadence”

1.-El escepticismo es una consecuencia de la décadence: lo mismo que el libertinage del espíritu.

2.-La corrupción en las costumbres es una consecuencia de la décadence: debilidad de la voluntad, necesidad de estimulantes fuertes…

3.-Los métodos de cura, los psicólógicos, los morales, no modifican el curso de la décadence, no lo detienen, son psicológicamente nulos: intelección de la gran nulidad de esas arrogantes “reacciones”,

:son formas de narcotización contra ciertas derivaciones fatales, no expulsan el elemento mórbido,

:son a menudo tentativas heroicas de anular al hombre de la décadence, de imponer un mínimo de su nocividad.

4.-El nihilismo no es una causa, sino sólo la lógica de la décadence.

5.-El “bueno” y el “malo” son únicamente dos tipos de décadence: están relacionados en todos los problemas fundamentales.

6.-La cuestión social es una consecuencia de la décadence.

7.-Las enfermedades, sobre todo las de nervios y las de cabeza, son indicios de que falta la fuerza defensiva propia de la naturaleza fuerte; también habla en favor de esto la irritabilidad, de tal modo que placer y displacer se convierten en problemas superficiales.

Las ideas modernas como ideas falsas:

Libertad,

derechos iguales,

humanitarismo,

compasión,

el genio,

malentendido democrático, malentendido pesimista, malentendido de la décadence,

el pueblo,

la raza,

la nación,

democracia,

tolerancia,

el milieu,

utilitarismo,

civilización,

emancipación de las mujeres,

educación popular,

progreso,

sociología.

Los hiperbóreos.

Más allá del norte, del hielo, del hoy,

más allá de la muerte, aparte,

¡nuestra vida, nuestra felicidad!

Ni por tierra

ni por agua

puedes encontrar el camino

hacia nosotros los hiperbóreos:

así lo vaticinó de nosotros una boca sabia.

El Anticristo, (2)

¿Qué es bueno? -Todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en el hombre.

¿Qué es malo? -Todo lo que procede de la debilidad.

¿Qué es felicidad?-El sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia queda superada.

No apaciguamiento, sino más poder; no paz, ante todo, sino guerra; no virtud, sino vigor (virtud al estilo del Renacimiento, virtù, virtud sin moralina).

Los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres. Y además, se debe ayudarlos a perecer.

¿Qué es más dañoso que cualquier vicio?-La compasión activa con todos los malogrados y débiles: el cristianismo.

El Anticristo, (Ley contra el cristianismo, cap.60) Mis exigencias:

1.-Evítese el trato con quienes, antes y después, conitúan siendo cristianos -y esto por razones de limpieza.

2.-Teniendo en cuenta los casos en que es evidente que el cristianismo es una mera consecuencia y un mero síntoma de debilidad nerviosa, evítese por todos los medios que, a partir de tales focos, se propague la infección.

3.-Que la Biblia es un libro peligroso, que hay que aprender a tener cautela con ella, que no es lícito ponerla sin más en manos de edades inmaduras.

4.-Que se considere, que se trate a los sacerdotes como a una especie de chandala.

5.-Limpiar todos los lugares, instituciones, educación, de la contaminación del sacerdote.

6.-Festividades y santos “redentores”.

7.-Datación del tiempo.

 

Friedrich Nietzsche, filósofo, ensayista e insano mental alemán.

No subo el cuervo porque está ya muy visto…

El gusano conquistador.

(Edgar Allan Poe)

¡Mirad! ¡Es noche de fiesta
dentro de estos últimos años desolados!
Una muchedumbre de ángeles alados, ataviados
con velos, y anegados en lágrimas,
está sentada en un teatro, para ver
una comedia de esperanzas y temores,
mientras la orquesta a intervalos suspira
la música de las esferas.

Los mimos, hechos a imagen del dios de las alturas,
musitan y rezongan por lo bajo,
y corren de acá para allá –
Puros muñecos que van y vienen
al mando de vastos, informes seres
que cambian las decoraciones de un lado a otro
sacudiendo de sus alas de cóndor
el invisible infortunio.

¡Oh, que abigarrado drama! – ¡Ah, estad ciertos
de que no será olvidado!
Con su fantasma perseguido, sin cesar, cada vez más,
por una muchedumbre que no puede pillarlo,
cruzando un círculo que gira siempre
en un mismo sitio.
Y mucho de locura y más de pecado
y horror, el alma de la trama.

Pero mirad: entre la música barahúnda
una forma reptante se introduce,
un ser rojo sangre que viene retorciéndose
de la soledad escénica.
¡Se retuerce! – ¡Se retuerce! – con mortales angustias,
a los mimos toma por pasto,
y los serafines sollozan ante los colmillos de aquella sabandija
empapados en sangraza humana.

¡Desaparecen – desaparecen las luces – desaparecen todas!
Y sobre todas aquellas formas tremulantes
el telón, paño mortuorio,
baja con el ímpetu de una tempestad.
Y los ángeles, todos pálidos, macilentos,
se levantan, se quitan los velos, y afirman
que aquella obra es la tragedia del hombre
y su protagonista el Gusano conquistador.

 

Edgar Allan Poe, escritor, hombre amargado y borracho norteamericano.

…y ahora Rimbaud.

El baile de los ahorcados.

En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.

¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!

Sorprendidos, los títeres juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.

¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!

¡Rudos talones, nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.

El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.

¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
“rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno…”

Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
!Difuntos, que no estamos aquí en un monasterio!

Y de pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,

crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.

En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.

Jean Arthur Rimbaud, poeta, vividor y drogadicto francés.

Un poco de Baudelaire nunca viene mal a un blog

Del poemario “Las flores del mal”:

Las letanías de Satán

¡Oh Tú, el más sabio y el más bello de los Angeles, dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas!

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

¡Oh Príncipe del Exilio, a quien se le ha hecho un agravio, y que vencido, siempre te levantas más fuerte,

¡Oh Satán ten piedad de mi enorme miseria!

Tú que lo sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,sanador familiar de las angustias humanas,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú que, lo mismo a los leprosos que a los parias malditos, enseñas por amor el gusto del Paraíso,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú que de la Muerte, vieja y fuerte amante, engendras la Esperanza -¡una loca encantadora!

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú, que haces al proscrito esta mirada calma y alta, que condena todo un pueblo alrededor de un cadalso,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú que sabes en qué ángulos de las tierras envidiosas, el Dios celoso escondió las piedras preciosas,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú, cuya mirada clara conoce los profundos arsenales donde duerme amortajado el pueblo de los metales,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú, cuya mano aleja el vacío de los pies del sonámbulo al que seducen los tejados,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme  miseria!

Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos del borracho tardo atropellado por los caballos,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú que, para consolar al hombre frágil que sufre, nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú que pones tu marca, oh cómplice sutil, en la frente de Creso despiadado y vil,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Tú que pusiste en los ojos y el corazón de las muchachas, el culto de la llaga y el amor de los andrajos,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Bastón de los exiliados, luz de los inventores, Confesor de los ahorcados y de los conspiradores,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!

Padre adoptivo de estos que en su negra cólera del Paraíso terrestre ha desterrado Dios Padre,

¡Oh Satán, ten piedad de mi enorme miseria!


Charles Pierre Baudelaire, poeta, putero y maestro del cinismo francés.