Contraste, tetas y satanismo cuando Disney aún valía la pena (es decir, hace ya como tres cuartos de siglo).

Voy a hacer algo horrible y fuera de lugar, algo desconsiderado, deplorable y, a priori, para nada propio de una persona racional y con buen gusto. De hecho, me odio tanto desde que esa idea empezó a rondar mi cabeza que en cuanto lo haga, me fustigaré diez veces por cada palabra que conste en este post. Lo que voy a hacer, dentro de un par de párrafos, o quizás tres, es comparar (sic) una de las partes de “Fantasía” de Disney con “Kanashimi no Beradonna” de Eiichi Yamamoto.

La película de 1940 (¿alguien es tan viejo como para poder recordar a Disney cuando sólo era un estudio de animación lleno de melosas y ñoñas esperanzas, tipo Ghibli occidental pero exento de ingenio, antes de convertirse en la patrocinadora oficial de estúpidos niñatos que cantan pop del malo durante un año o dos, y luego son totalmente olvidados?) está dividida en ocho segmentos bien diferenciados, interpretando y animando cada uno de ellos sendas obras de compositores clásicos, como Tchaikovski o Beethoven. Bien, pero sinteticemos rápidamente: lo mejor que se puede hacer con la primera hora y media de “Fantasía” es no verla; lo más sensato es saltarse los seis primeros segmentos (con perdón, quizás, de “Tocata y fuga en Re menor”, el primero) y pasar directamente a la Manteca, esto es, a los dos últimos: “Una noche en el Monte Pelado” y “Ave María”.

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“Una noche en el Monte Pelado” no sólo no es tediosa ni melosa como el resto de segmentos, sino que, al contrario, es una pieza magistralmente trazada y pergeñada, cuidadosamente pintada al carboncillo y que poco tiene que envidiar a las obras de Collins, Mulloys o Plymptons. Está basada en un poema del compositor Modest Músorgski, con música de su compañero Nikolái Rimski-Kórsakov. Comienza con la imagen del monte antes citado, en tonos fríos y con claras ondulaciones en el cielo que vaticinan las fuertes corrientes de viento creadas por el protagonista. Este monte entonces se convierte, así de sopetón, en Chernabog (una negra deidad eslava equivalente a Satanás), y éste, mediante unas sombras que proyectan sus manos, inunda a un pueblo entero en tinieblas y  hace salir a las almas de los difuntos del lugar de los cementerios, de los cadalsos, del agua, etc; algunas van sobre caballos, otras sobre escobas, otras llevan capucha y otras son simplemente esqueletos voladores, unas son blancas y otras negras, pero siempre estilizadas y alargadas, y a menudo antitéticas y contrastadas unas con otras (almas flexibles seguidas de otras con escasa movilidad, y por supuesto ese momento en que, durante pocos segundos, se invierte varias veces y rápidamente el color blanco y negro de las almas), pero luego profundizaremos en el contraste.

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Entonces, seguimos, las almas se dejan llevar por las corrientes y son atraídas hasta el demonio, y éste levanta sus manos (en este instante, vistas de lejos, las almas parecen un ruidoso enjambre de abejas) y provoca una llamarada de fuego que lo cubre todo. Estamos ahora contemplando a unos pequeños diablillos, algo zoomorfos, danzando en una especie de aquelarre de forma sectaria;  Chernabog  despliega sus manos y atrapa a varios de esos diablillos, les esboza una siniestra sonrisa y, acto seguido, los lanza a las llamas a su suerte, tornando esta sonrisa en cruel repugnancia.

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Y es en ese momento, justo en ese momento, cuando empieza la Manteca dentro de la Manteca (para los que no estén familiarizados con el término “Manteca”, queremos decir “lo mejor dentro de lo mejor” de la película, aunque repetimos otra vez que a nuestro parecer “Una noche en el Monte Pelado” no sólo es brillante y lo mejor de Fantasía, sino también la única parte pasable), cuando comienza el contraste de colores y formas que nos lleva a decir que no hay otra obra que nos recuerde a “Una noche en el MP”, que “Kanashimi no Beradonna” (Belladonna of sadness), por la continua sucesión de bestias que no dejan al ojo descansar un segundo solo, por la transformación ininterrumpida, y además, porque ambas obras tratan sobre el satanismo; pero no hay otra obra en el mundo que trate el sexo de una forma tan simbólica, tan artística, como ésta (Belladonna), y eso la eleva a la máxima potencia, infinitamente lejos de “Fantasía”… y no vamos a empezar a dar nuestras opiniones sobre la película porque necesitaríamos varios posts sólo para ella, y además, hay un  exhaustivo post sobre ella en el fantástico blog de animación esperantoapaulpot, cuyo enlace está a la derecha, al que no creemos que se pueda añadir nada.  Vamos a ir un poco más allá en esto del contraste de “Una noche en el MP”; dos cosas:

Primera cosa: el color. El contraste en el color (suponemos que como elemento sorpresivo que viene a desdramatizar un poco, a volverlo todo aún más convulso) es más que evidente. Justo después de lanzar a aquellos diablillos a su perdición, no hay una escena en que se puedan percibir menos de tres colores: unos demonios azules, otros rojos, y de pronto el humo verde; y luego en el momento arpía, y el vórtice, y las formas de mujer en las ondulaciones del fuego, que primero es violeta y azul, luego verde y naranja… cada escena, cada segundo a partir de aquí, es un deleite visual, una recreación continua.

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Segunda cosa: las formas. El contraste en las formas no es quizá tan evidente, o al menos creemos que no llama tanto la atención, al quedar eclipsado por el descarado contraste cromático, pero también ejerce un papel fundamental:  acompaña al continuo movimiento provocado por nuestro protagonista , lo acrecienta, se regocija en él. Mientras el fuego y el vórtice representan líneas curvas y cálidas, los demonios, las manos de Chernabog (y sus cuernos, sus dientes) son líneas rectas y bien perfiladas. Esto, unido a la celeridad de la obra y a su ininterrumpida metamorfosis (compárese con “Malice in Wonderland”, de Vince Collins.) crea la confusión y el caos que necesita, y que debe transmitir, la obra. Pues sin ese caos, el octavo segmento no tendría sentido ni fundamento.

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Bien, agotado ya el tema del contraste, vamos con otras cosas. Nos quedamos con dos grandes momentos para la memoria: (1) cuando Chernabog tiene unas llamas reposando en la palma de su mano, y con la otra, las aviva, literalmente porque las llamas adquieren forma de mujer y bailan lenta y sicalípticamente en su mano. Esto dura bien poco, pues el Diablo pronto se harta y las convierte en un cerdo, una cabra y un lobo (el cerdo terriblemente obeso, el lobo casi en los huesos, por eso del contraste en las formas). Y (2) por supuesto el momento “arpías”. Jamás creí que vería un buen par de peras, con sus pezones y todo, en Disney. Pero no sólo por eso, sino porque es, ya muy cerca del final, el clímax total de la obra, la cresta de la ola, en la que el contraste (palabra comodín de este post, repetida hasta más allá de la saciedad) toca cima en todas sus perspectivas. Simplemente subyugante.

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En cuanto a “Ave María”, no me entretendré lo más mínimo: es la calma tras la tormenta, la justificación a tanto caos. Lo de siempre: la sempiterna batalla entre la luz y la oscuridad en la que, en este mundo Disney/mainstream, tiene que ganar la luz sí o sí.

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Poco más puedo decir. Que nunca creí que vería tetas y animación de Disney que me sedujera de verdad hasta que hace poco, por curiosidad y de casualidad, me vi ésta. Aun así es realmente triste que Disney comenzara tan bien y con tantas esperanzas y que se haya convertido en lo que es hoy. Es trágico, mucho más que las historias que ellos mismos cuentan.

Pero bueno, siempre que ganen dinero, a ellos poco les importará, ¿no?

 

 

…bueno, si no me fallan las cuentas, creo que son 13060. Vamos allá.