Svank-meyers onanielexikon!!

El futuro pertenece a las máquinas ipsatrices.

(por Jan Švankmajer)

Nuestros antepasados descendieron de los árboles y enderezaron su columna vertebral para liberar sus miembros anteriores. Tenían la profunda necesidad de disponer a gusto de las patas delanteras: sólo ellas podían permitirles practicar la masturbación. Pese a las calumnias con que la han cubierto los hipócritas y a las prevenciones de las que ha sido víctima por parte de los timoratos,  la práctica de la masturbación ha sido siempre útil a la humanidad, tal como lo demuestra Bohuslav Brouk en su libro “Autosexualidad y psicoerotismo.

Las posibilidades que brinda la tecnología actual, especialmente la tecnología punta, permiten augurar para el futuro próximo el auge de una  masturbación de masas, frente a la cual la experiencia solitaria del masturbador del siglo XIX o de principios del XX aparecerá como una supervivencia del pasado preindustrial. Podremos entonces, según nuestro gusto e ideología, extrañar l encanto artesanal de aquella experiencia del pasado o deplorar su carácter rudimentario. Quiérase o no, la masturbación salvaje está permitida, orque ya no responde a los problemas planteados por la explosión demográfica. De aquí al año 2000 habrá ocho mil millones de seres humanos a quienes no sólo habrá que vestir y alimentar, sino también hacer gozar. Esto sólo se logrará generalizando la práctica de la masturbación automática.

La aceleración del proceso de producción industrial, que abarca todos los ámbitos de la existencia, tiende a reducir a cero el tiempo necesario para el acoplamiento humano, que, como se sabe, puede llegar a ser muy largo. El hombre y la mujer tienen cada vez menos tiempo libre para reconocerse, para elegirse mutuamente. ¡Qué más da!

Las máquinas ipsatrices os permitirán elegir vuestra pareja al instante y con total libertad, y conduciros en semejante ocasión como si jamás hubierais tenido que superar la timidez o el respeto por las convenciones.

Estas máquinas son el futuro. Y sin embargo, la masturbación mecánica no ha nacido hoy.

1. Aparatos producidos en serie y desviados de su función habitual.

La masturbación mecánica puede ser practicada con ayuda de máquinas diversas que, concebidas para cualquier otro uso, se prestan sin embargo a este empleo singular. Los casos de masturbación eran frecuentes entre las costureras que se servían de máquinas de coser a pedal (léase en “De l’ onanisme chez la femme”, dePouillet). Desde la aparición de la máquina de coser eléctrica, que ha demostrado ser inadecuada para este uso, las masturbadoras se han conformado con la lavadora, cuyas vibraciones, al transmitirse a su regazo, siempre que sepan adoptar una postura adecuada, les producen intensas satisfacciones. Numerosas mujeres se entregan a este ejercicio de manera totalmente inconsciente.

Un tipo especial de masturbación, por otra parte muy difundida, es sin duda el automovilismo. Es raro, sin embargo, que lleve al orgasmo. Pero el mejor ejemplo de una técnica desviada en favor de la masturbación nos lo da la televisión: hasta la introducción de la pequeña pantalla en los hogares, los diversos artefactos domésticos sólo aportaban al masturbador una ayuda mecánica. Con la televisión, la tecnología interviene en el plano psíquico. Se conocen casos de masturbación provocada por la aparición en la pequeña pantalla de una locutora conocida, un cantante, un campeón o un político.

2. Máquinas ipsatrices de fabricación artesanal.

La más conocida -una máquina a pedal para uso de las mujeres- se encuentra en el Museo de Criminología de Dresde. Mucho más notable, sin embargo, desde el punto de vista de su construcción, es la máquina ipsatriz para hombres que se conserva en el museo de Criminología de Praga, en la calle Saint-Barthélémy. A primera vista, se trata más bien de una “dama de viaje”, pero un examen más minucioso permite descubrir en su interior un mecanismo muy original. En efecto, la cabeza de la dama oculta un balancín cuya extremidad inferior termina en la entrepierna y sostiene un guante de cuero cuyos dedos, replegados sobre la palma, parecen apretar un invisible miembro. Relleno de una argamasa que asegura su firmeza, ese guante, previamente lubricado en su cara interna, simula ser el orificio vaginal en el que el masturbador introducirá su pene para ser masturbado, gracias al movimiento del balancín que él mismo habrá puesto en movimiento.

3. Máquinas ipsatrices inspiradas por la curiosidad científica.

Según William H. Masters y Virginia E. Johnson, un grupo de físicos ha creado un simulador capaz de reproducir artificialmente las condiciones del coito y de medir la intensidad de las reacciones de un individuo dado en semejantes circunstancias. El aparato consta de una gama de penes plásticos, concebidos para adaptarse a las particularidades físicas de la mayoría de las mujeres y que poseen las cualidades ópticas del vidrio liso.

Una iluminación de luz fría permite observar y registrar la amplitud de sus movimientos. A medida que se eleva el grado de excitación de la paciente, se observa que la frecuencia y amplitud de los movimientos del pene crecen proporcionalmente a sus aspiraciones sexuales subjetivas. El aparato funciona con electricidad.

4. Máquinas ipsatrices especiales.

El desarrollo de la cultura de masas va acompañado de un empobrecimiento de la imaginación individual. A raíz de ello, la estructura psíquica de la masturbación, el psicoerotismo, tiende a desaparecer. Así, la masturbación clásica, reducida a una simple manipulación, ya no está en condiciones de satisfacer al masturbador, aun cuando ése ponga a trabajar todo un arsenal de artefactos electrodomésticos. Es que la máquina ipsatriz propiamente dicha, concebida exclusivamente para satisfacer física y psíquicamente al masturbador, aún no ha sido construida. Su concepción no plantea sin embargo ningún problema teórico, y la tecnología actual  debería permitir su fabricación en serie. Tenemos, pues, derecho a sorprendernos de que aún no haya hecho su aparición en el mercado, tanto más cuanto que respondería a los deseos de la mayoría de nuestros contemporáneos, procurándoles a voluntad, sin pérdida de tiempo inútil, un placer erótico personalizado. En efecto, la máquina ipsatriz libera al masturbador de los fastidiosos trámites ante su pareja y de la obligación de hacerle la corte. Basta con introducir una moneda en la hendidura del aparato y apretar un botón para que surja la imagen de aquel o aquella que se desea.

5. Funcionamiento de la máquina ipsatriz.

Pueden considerarse resueltos los problemas puramente mecánicos concernientes al funcionamiento de la máquina ipsatriz. En efecto, bastará con adoptar, con miras a su producción a escala industrial, el prototipo calibrado por los radiofisiólogos. Es distinto el caso de la programación psicoerótica de la máquina, que plantea delicados problemas de elección. Los medios masivos de comunicación no sólo participan en forma decisiva en la formación del ideal del yo, que adquiere en nuestra época un carácter más o menos colectivo. También contribuyen en la formación del ánimus y del ánima, que adquieren a su vez un carácter de masas. Es necesario, por lo tanto, tomar en cuenta este fenómeno de reducción de lo individual a lo colectivo para programar la máquina ipsatriz. La elección de las secuencias visuales y sonoras destinadas a estimular la claudicante imaginación psicoerótica del masturbador, puede entonces reducirse a una cuestión de estadística.

Recomendaría a los constructores que, para la presentación general del autómata, se inspirasen en la de las máquinas de discos. El masturbador, como si se tratase de elegir el título de un disco en el tablero del aparato, elegiría el nombre de una pareja, cuya imagen aparecería inmediatamente en la pantalla. Esta pareja, hombre o mujer, habrá sido filmada con ayuda de un gran angular, para poder presentar al masturbador la imagen que ofrecería durante el coito, por delante y por detrás. Debería utilizarse sobre todo la imagen de personalidades conocidas por el gran público: cantantes, actores y actrices, locutoras y anunciadoras de televisión, deportistas, políticos, etc., elegidos en función de su grado de popularidad.

Duración de las sesiones.

Cada usuario deberá tener la libertad de prolongar su mano a mano con el autómata según sus posibilidades y exigencias. De todos modos, en los autómatas masturbadores públicos, el tiempo de utilización será medido, como en las cabinas telefónicas, en unidades de tres minutos. Pasado este plazo, el masturbador deberá introducir una nueva moneda o una nueva ficha en caso de que desee prolongar la experiencia.

Instalación de autómatas masturbadores públicos

En mi opinión, la generalización del uso de máquinas ipsatrices no puede depender de la iniciativa privada. Inicialmente, al menos, será necesario organizar estaciones públicas de masturbación con la participación del Estado.

En una primera fase, las máquinas ipsatrices de modelo corriente deberían ser instaladas en lugares cerrados: clubes de empresas, salas de reunión para jóvenes pioneros, locales políticos, salones de estudio de los colegios, cuarteles, etc. Se las instalará luego cerca de los lugares de trabajo, a fin de reducir las pérdidas de tiempo más importante de la jornada. Se podrá finalmente extender su implantación a todos los lugares públicos en los que la concurrencia de un cierto número de personas provoca el deseo: piscinas,  estadios, estaciones, hoteles, restaurantes, salas de espera, etc.

En cuanto a las máquinas especialmente programadas para las desviaciones sexuales, recomendaría instalarlas en los hospitales y clínicas psiquiátricas. Así se protegería el anonimato de los masturbadores perversos contra la maledicencia de la multitud. Estos, sobre todo los sádicos y pedófilos, tendrán además la ventaja de librarse a sus ejercicios favoritos bajo control médico. Se comprobaría entonces que las desviaciones sexuales son mucho más frecuentes de lo que revelan las estadísticas. Mañana, las máquinas ipsatrices permitirán a todos estos desviados sexuales secretos, hasta aquí condenados a una vida sexual convencional, liberarse de sus frustraciones.

En suma, la implantación progresiva, en todos los lugares públicos y de trabajo, de cadenas de autómatas masturbadores ofrece para la sociedad una serie de ventajas  de primordial importancia:

1. Mano de obra sana y no frustrada, que durante la jornada de trabajo pensaría únicamente en su tarea.

2. Familia armoniosa. Menos divorcios y, por lo tanto, menos niños desdichados.

3. Prácticamente, liquidación de la prostitución y de las enfermedades venéreas.

4. Libertar para los desviados sexuales: su integración al proceso de trabajo.

5. Disminución de los delitos sexuales.

6. Gracias a las máquinas ipsatrices, democratización del erotismo y, por consiguiente, de la sociedad entera, ya que ellas habrán suprimido los privilegios de la belleza de ambos sexos.

7. Control del Estado sobre la vida sexual de los ciudadanos.

Conclusión.

Las ventajas que se desprenden de la implantación de las máquinas ipsatrices en la vida social son tan evidentes que se puede considerar muy próximo el advenimiento de estas máquinas cuyo original, expuesto sin mención del autor en el Museo de Criminología de la calle Saint-Barthélémy, será solemnemente trasladado al Museo Nacional de la Técnica de Praga-Letná, para figurar en él al lado de la lámpara de arco de Krizik y el pararrayos de Divis.

Jan Švankmajer, cineasta surrealista, escritor y masturbafor orgulloso.

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