El día en que el pequeño Craigy fue sodomizado (La involución de Chiodos).

Todos tenemos defectos: alopecia, afecto hacia Jim Carrey, esquizofrenia… no hay humano que no tenga uno. Y mi mayor defecto (que no el único) es que, haga éste lo que haga, sigo y (temo que) seguiré siempre la carrera musical de Craig Owens.

Craigery Michael Owens, víctima de sendos ataques de ansiedad, depresiones y desórdenes bipolares (para mayor obviedad, compárese Cinematic sunrise [del que por desgracia habremos de hablar más tarde] con el primer álbum de Chiodos, “All’s well that end’s well”), forma la banda de post-hardcore Chiodos en 2001, llamada originalmente The Chiodos Bros en homenaje a Stephen, Charles, y Edward Chiodo, artistas de los efectos especiales que ganaron renombre con la deliciosamente bizarra Killer clowns from the outer space. Sus tres primeros EPs, “Chiodos Bros” (puramente acústico), “The best way to ruin your life” (título que alude al matrimonio) y “The heartless control everything” (EP más entrado en estridencias y gritos, cuyo título pone de manifiesto el frikismo de la banda y su devoción por el videojuego Kingdom Hearts) ya fueron marcando las pautas que la banda quería seguir. De estos trabajos, admiramos la imperdonable y virtuosísima “The lover and the liar“, “Pirates and rebels“, que parece ser la antecedente directa de la ulterior “All nereids beware”, y también nos gustan”Ravishing Matt Ruth” y “Hathaway Lane”.

Tras estos humildes escarceos, por fin llegó “All’s well that end’s well”, el primer LP. Fuertemente inspirado en William Shakespeare, este álbum dista mucho en creatividad rítmica, en estilo y ejecución de lo anteriormente probado. Si bien habíamos notado en sus EPs la presencia sobrecargada de los teclados por encima del resto de instrumentos (nótese en la mencionada “The lover and the liar” o en el solo de “Bulls have horns“), en “All’s well…” se lanzan a la piscina probando con efectos de todo tipo (¿cómo justificar si no la rarísima “Who’s Sandie Jenkins?“), xilófonos (en “All nereids beware“), añaden importancia a los cambios de ritmo, al bajo (escúchese nuestra canción predilecta de la banda: “No hardcore dancing in the living room“), pergeñan melodías que parecen recién sacadas de películas de terror (al final de “There’s no penguins in Alaska“) a veces casi industriales, casi poperas (Craig Owens lleva el pop en las venas, si no, escuchad la muy antitética “The words best friend become redefined“, paradigma que recoge todas las características citadas del disco), pero siempre originales. La verdad es que pocos apostarían por los alaridos de Craig al ver su aspecto, pero verdaderamente no lo hace nada mal. Respecto a Shakespeare, el propio título está sacado de una comedia homónima del Bardo, además de que muchos de sus versos están repartidos entre canciones como “Expired in Goreville” (tema que habla de Romeo y Julieta) y “One day women will all become monsters” (canción misógina, casi indie a veces, cuyo título viene de “El Rey Lear”).

El álbum vendió más de 200.000 copias y fue relanzado con material adicional varias veces (canciones bonus como la versión acústica de “Baby, you wouldn’t last a minute on the creek” o “Queen of diamonds“, además de la inolvidablemente melosa “Lindsay quit lollyggagging“, que ya se dejaba ver por el primer Ep, el acústico). Y después de dos años de giras y composiciones, lanzarían “Bone palace ballet”, álbum cuyo título viene prestado de un poemario del encantadoramente vulgar Charles Bukowski. Este LP no sólo es tan (o más) virtuoso que el anterior, sino que lo es en un ámbito musical completamente diferente, el opera-rock. Entre las incorporaciones instrumentales novedosas respecto al anterior trabajo se cuentan desde violines y violas(“Two birds stoned at once“,”Life is a perception of your own reality“, alguna parte de “The Undertaker’s thirst for revenge is unquenchable (The final battle)”) hasta órganos de iglesia (en “If I cut my hair, Hawaii will sink“) pasando por los omnipresentes pianos, chasquidos y coros (“Lexington (Joey Pea-Pot with a monkey face)” es el colmo del dramatismo, acrecentado además por su inolvidablemente nefando videoclip) e incluso pitos de árbitro (en serio, efímeramente en el solo de “We swam from albatross, the day we lost Kailey Cost“, canción que demuestra la gran versatilidad del grupo); además, suspiros, gemidos (en “Is it a progression if a cannibal uses a fork?”), y unas letras originales (a veces melifluas pero casi siempre acertadas, como en “I Didn’t Say I Was Powerful, I Said I Was a Wizard“), títulos, como es característica inconfundible en la banda, innecesariamente largos (cómo olvidar “Bulls Make Money, Bears Make Money, Pigs get Slaughtered” o “Teeth the size of piano keys“) y, sobre todo, Craig Owens, su voz y su insoportable talento que nos lanza a la cara a veces tan descarada y equívocamente.

Y con casi toda probabilidad fue esto, su autárquico y poderoso ego, lo que causó que, aquel 24 de septiembre de 2009, el pequeño Craigy (¡bendito sátrapa!) fuera juzgado por el resto de Chiodos, quienes le vaselinizaron de arriba a abajo y le imputaron la pena de sodomía leve y correspondiente expulsión del hermanamiento.

Pero ni Craig ni lo que quedó de banda (pues también echaron al batería) se detuvieron aquí: intentarían seguir adelante sin la (in)condicional ayuda que las inesperadas expulsiones les habían brindado todos estos años. Chiodos siguió adelante fichando a un tal  Brandom Balmer (o Bolmer, o Palmer, la verdad es que no me he tomado la molestia de aprender su nombre) y a otro al que se diera la percusión al menos la mitad de bien que a Derrick Frost.

El tercer disco de Chiodos, con un nombre tan pretencioso como “Illuminaudio”, fue un fiasco total (hemos reiterado en numerosas ocasiones que Craig Owens no es nada sin Chiodos, pero también viceversa): repetitivo, poco original, mal cantado (teniendo en cuenta que la voz de Craigy era tan o más aguda que la de una fémina, podríamos suponer fácilmente que la del tal Brandom (¿o era Brian?) sería más grave y viril que la de su antecesor, pero parece ser que no, no lo es, y eso dice mucho en contra de la voz de Brian). Siendo quizás excesivamente generosos, podríamos salvar “Love is a cat from Hell“, que es otro poemario de Bukowski (otra vez como en “BPB”, denota de nuevo muy poca originalidad, y más si lo comparamos con el salto Shakespeare-Bukowski del primer al segundo LP), porque el teclado nos llama la atención, pero la verdad es que Chiodos le ha metido demasiada caña al teclado, lo ha gastado completamente durante los dos primeros discos y en este trabajo no iba a ser menos, está increíblemente sobrecargado en todas las canciones. También está “Stratovolcano mouth“, que recoge partes de “Thermacare“, una demo que grabó Owens antes de su partida y que luego introduciría en un nuevo disco bajo el nombre de “The only thing you talk about”.

Por su parte, Craigy fundó “D.R.U.G.S”, acrónimo de “Destroy Rebuild Until God Shows”, y lanzó un disco homónimo bastante pobre musicalmente, obsesionado en encontrar títulos llamativos, palindrómicos (“Laminated ET animal” o “Mr. Owl ate my metal worm”) y olvidando lo importante: la originalidad (que supo manifestar en Chiodos, pero que se le agotó al separarse de ellos), el virtuosismo y la alternancia de diferentes instrumentos a través de las canciones, probando combinaciones y efectos que, aunque a veces resultaran algo inesperados o inapropiados, siempre nos impresionaban. Nos quedamos con la canción “If You Think This Song Is About You, It Probably Is“, dirigida directamente a su ex-banda Chiodos, y con poco más, quizás “My swagger has a first name” o el comienzo de “Stop reading, start doing pushups“.

Pero hemos obviado gran parte de la historia, dejándola para el final por ser la más ridículamente ñoña: nuestro Craigy había participado ya en al menos tres o cuatro bandas anteriores a D.R.U.G.S, siendo líder de un par de ellas mientras llevaba adelante Chiodos (otras bandas se encuentran en el lapso cronológico en el que Craig no estaba ni en Chiodos ni en D.R.U.G.S).

“Isles and glaciers” es un supergroup (una banda hecha a partir de miembros de otros grupos famosos, en este caso de “Emarosa”, “Pierce the veil”…) que lanzó su primer y único LP, “The hearts of lonely people”, en 2008, mostrando un estilo similar a Chiodos pero mucho más suave, gritando a veces pero manteniendo la melodía, una melodía más indie, pero sobre todo más popera (eeks…), por encima de todo. Nos inclinamos aquí, aunque con mucha pereza, por la más industrial (¿?) “Empty sighs & wine” y quizás por “Hills like elephants”, aunque nos parece realmente pobre.

Asimismo, Craig ya había participado en varias canciones de “The sound of animals fighting”, supergroup realmente extraño (cuyo primer  trabajo, “The tiger and the Duke”, acompañado de interludios techno a modo quizás de “I am ghost” y su “Interlude: Remember This Face, Baby“, aunque huelga decir que mucho menos industrial y más melódico, se presentaba con las ínfulas de una ópera de cuatro actos) en cuyo segundo LP, “Lover, the Lord has left us”, debutó con “Un’aria” (“un aire” en italiano), “Un’aria ancora” (“otra vez un aire”) que es prácticamente igual (ambas consisten en Craig demostrando su melosidad y femineidad a capela), y con “Horses in the sky“, más heavy, más aceptable (de hecho, una de las pocas aceptables del segundo LP). La verdad es que nuestras canciones favoritas son las que no son cantadas por Craig (recordemos que éste pierde todo su carisma al ser pateado de la banda a la que realmente pertenece, y en la que mejor se exhibe): “Act I: Chasing suns” y “Act III: Modulate Back to the Tonic” del primer LP, “Stockhausen, Es Ist Ihr Gehirn, Das Ich Suche” (“Stockhausen, es su cerebro lo que estoy buscando” en alemán) y pocas más del segundo (casi todas son baladas simplonas); el tercero, empero, no nos atrevimos a escucharlo.

Arriba: portada de “A coloring storybook and long playing record”, patético.

Abajo: los patéticos integrantes de “Cinematic sunrise”.

Por último, nos faltaría hablar de la injustificable, censurable y deleznable banda “Cinematic sunrise”. Su primer y (gracias al altísimo) último LP, “A coloring storybook and long playing record”, se vendió, haciendo honor a su título, como un libro de colorear, vendiéndose incluso con ceras de colores para pintar el libreto monocromático. De aquí no salvamos nada; suponemos que fue una cagada transitoria de Craigy (la más monumental de todas sus cagadas transitorias anteriormente citadas) causada por sus trastornos bipolares. Es como si “Panic!At the disco” y Mika se le hubieran aparecido en sueños (o en visiones alucinógenas) y le hubieran contado que la música debe ser pergeñada sólo como antidepresivo, para hacerte feliz con tonos fáciles únicamente, olvidando que la música debe expresar sentimientos más diversos que la alegría (cosa que por otra parte tampoco logra transmitir esta banda con canciones tan insoportables como “Umbrellas and elephants” o “Ethan’s song”).

“Hola, me llamo Craig Owens y soy feliz con mis nuevos amigos”

Pero toda esta verborrea ampulosa y enjundiosa no sirve sólo para desahogarme, pues también quería comentar, para acabar de una vez con este post que ya se me está alargando demasiado (Craigy no se merece tanta atención), que Craig Owens y Derrick Frost van a volver de nuevo a Chiodos (Brian Balmer y el otro batería se fueron, o los echaron, el caso es que duraron demasiado) para grabar juntos un cuarto LP, y que en mi opinión sólo lograrán impresionarnos (como otrora lo hicieran en “All’s well that ends well” y “Bone Palace Ballet”) si dejan de lado sus diferencias y se entregan otra vez a la búsqueda de la innovación y la experimentación. Estamos ansiosos de ver con qué nos sorprende el grupo Chiodos (ahora más Chiodos que en todos estos años), pero también nos da miedo, nos enerva la idea de que quizás a Craig y “el resto” se le han acabado las ideas (cosa que ya nos han demostrado), pero a la vez pensamos que juntos jamás la han pifiado.

Por ello desde aquí les deseamos suerte a los hermanos Chiodos.

¿Dandy misógino… o el Edipo de la Época Victoriana?

“La esfinge sin secreto”

(Cuento de Oscar Wilde)

Una tarde, tomaba mi vermú en la terraza del Café de la Paix, contemplando el esplendor y la miseria de la vida parisina y asombrándome del extraño panorama de orgullo y pobreza que desfilaba ante mis ojos, cuando oí que alguien me llamaba. Volví la cabeza y vi a lord Murchison. No nos habíamos vuelto a ver desde nuestra época de estudiantes, hacía casi diez años, así que me encantó encontrarme de nuevo con él y nos dimos un fuerte apretón de manos. En Oxford habíamos sido grandes amigos. Yo lo había apreciado muchísimo, ¡era tan apuesto, íntegro y divertido! Solíamos decir que habría sido el mejor de los compañeros si no hubiese dicho siempre la verdad, pero creo que todos le admirábamos más por su franqueza. Me pareció que estaba muy cambiado. Daba la impresión de estar inquieto y desorientado, como si dudara de algo. Comprendí que no podía ser un caso de escepticismo moderno, pues Murchison era el más firme de los conservadores, y creía con la misma convicción en el Pentateuco que en la Cámara de los Pares; así que llegué a la conclusión de que se trataba de una mujer, y le pregunté si se había casado.

-No comprendo suficientemente bien a las mujeres -respondió.

-Mi querido Gerald -dije-, las mujeres están hechas para ser amadas, no comprendidas.

-Soy incapaz de amar a alguien en quien no puedo confiar -replicó.

-Creo que hay un misterio en tu vida, Gerald -exclamé-; ¿de qué se trata?

-Vamos a dar una vuelta en coche -contestó-, aquí hay demasiada gente. No, un carruaje amarillo no, de cualquier otro color… Mira, aquel verde oscuro servirá.

Y poco después bajábamos trotando por el bulevar en dirección a la Madeleine.

-¿Dónde vamos? -quise saber.

-¡Oh, donde tú quieras! -repuso-. Al restaurante del Bois de Boulogne; cenaremos allí y me hablarás de tu vida.

-Me gustaría que tú lo hicieras antes -dije-. Cuéntame tu misterio.

Lord Murchison sacó de su bolsillo una cajita de tafilete con cierre de plata y me la entregó. La abrí. En el interior llevaba la fotografía de una mujer. Era alta y delgada, y de un extraño atractivo, con sus grandes ojos de mirada distraída y su pelo suelto. Parecía una clairvoyante, e iba envuelta en ricas pieles.

-¿Qué opinas de ese rostro? -inquirió-. ¿Lo crees sincero?

Lo examiné detenidamente. Tuve la sensación de que era el rostro de alguien que guardaba un secreto, aunque fuese incapaz de adivinar si era bueno o malo. Se trataba de una belleza moldeada a fuerza de misterios… una belleza psicológica, en realidad, no plástica… y el atisbo de sonrisa que rondaba sus labios era demasiado sutil para ser realmente dulce.

-Bueno -exclamó impaciente-, ¿qué me dices?

-Es la Gioconda envuelta en martas cibelinas -respondí-. Cuéntame todo sobre ella.

-Ahora no, después de la cena -replicó, antes de empezar a hablar de otras cosas.

Cuando el camarero trajo el café y los cigarrillos, recordé a Gerald su promesa. Se levantó de su asiento, recorrió dos o tres veces de un lado a otro la estancia y, desplomándose en un sofá, me contó la siguiente historia:

-Una tarde -dijo-, estaba paseando por la Calle Bond alrededor de las cinco. Había una gran aglomeración de carruajes, y éstos estaban casi parados. Cerca de la acera, había un pequeño coche amarillo que, por algún motivo, atrajo mi atención. Al pasar junto a él, vi asomarse el rostro que te he enseñado esta tarde. Me fascinó al instante. Estuve toda la noche obsesionado con él, y todo el día siguiente. Caminé arriba y abajo por esa maldita calle, mirando dentro de todos los carruajes y esperando la llegada del coche amarillo; pero no pude encontrar a ma belle inconnue y empecé a pensar que se trataba de un sueño. Aproximadamente una semana después, tenía una cena en casa de Madame de Rastail. La cena iba a ser a las ocho; pero, media hora después, seguíamos esperando en el salón. Finalmente, el criado abrió la puerta y anunció a lady Alroy. Era la mujer que había estado buscando. Entró muy despacio, como un rayo de luna vestido de encaje gris y, para mi inmenso placer, me pidieron que la acompañase al comedor.

»-Creo que la vi en la Calle Bond hace unos días, lady Alroy -exclamé con la mayor inocencia cuando nos hubimos sentado.

»Se puso muy pálida y me dijo quedamente:

»-No hable tan alto, por favor; pueden oírlo.

»Me sentí muy desdichado por haber empezado tan mal, y me zambullí imprudentemente en el asunto del teatro francés. Ella apenas decía nada, siempre con la misma voz baja y musical, y parecía tener miedo de que alguien la escuchara. Me enamoré apasionada, estúpidamente de ella, y la indefinible atmósfera de misterio que la rodeaba despertó mi más ferviente curiosidad. Cuando estaba a punto de marcharse, poco después de la cena, le pregunté si me permitiría ir a visitarla. Ella pareció vacilar, miró a uno y otro lado para comprobar si había alguien cerca de nosotros, y luego repuso:

»-Sí, mañana a las cinco menos cuarto.

»Pedí a Madame de Rastail que me hablara de ella, pero lo único que logré saber fue que era una viuda con una casa preciosa en Park Lane; y como algún aburrido científico empezó a disertar sobre las viudas, a fin de ilustrar la supervivencia de los más capacitados para la vida matrimonial, me despedí y regresé a casa.

»Al día siguiente llegué a Park Lane con absoluta puntualidad, pero el mayordomo me comunicó que lady Alroy acababa de marcharse. Me dirigí al club bastante apesadumbrado y totalmente perplejo, y, después de meditarlo con detenimiento, le escribí una carta pidiéndole permiso para intentar visitarla cualquier otra tarde. No recibí ninguna respuesta en varios días, pero finalmente llegó una pequeña nota diciendo que estaría en casa el domingo a las cuatro, y con esta extraordinaria postdata: “Le ruego que no vuelva a escribirme a esta dirección; se lo explicaré cuando le vea”. El domingo me recibió y no pudo estar más encantadora; pero, cuando iba a marcharme, me rogó que, si en alguna ocasión la escribía de nuevo, dirigiera mi carta “a la atención de la señora Knox, Biblioteca Whittaker, Calle Green”.

»-Existen razones -dijo- que no me permiten recibir cartas en mi propia casa.

»Durante toda aquella temporada, la vi con asiduidad, Y jamás la abandonó aquel aire de misterio. A veces se me ocurría pensar que estaba bajo el poder de algún hombre, pero parecía tan inaccesible que no podía creerlo. Era realmente difícil para mí llegar a alguna conclusión, pues era como uno de esos extraños cristales que se ven en los museos, y que tan pronto son transparentes como opacos. Al final decidí pedirle que se casara conmigo: estaba harto del constante sigilo que imponía a todas mis visitas y a las escasas cartas que le enviaba. Le escribí a la biblioteca para preguntarle si podía reunirse conmigo el lunes siguiente a las seis. Me respondió que sí, y yo me sentí en el séptimo cielo. Estaba loco por ella, a pesar del misterio, pensaba yo entonces -por efecto de él, comprendo ahora-. No; era la mujer lo que yo amaba. El misterio me molestaba, me enloquecía. ¿Por qué me puso el azar en su camino?

-Entonces, ¿lo descubriste? -exclamé.

-Eso me temo -repuso-. Puedes juzgar por ti mismo.

»El lunes fui a almorzar con mi tío y, hacia las cuatro, llegué a Marylebone Road. Mi tío, como sabes, vive en Regent’s Park. Yo quería ir a Piccadilly y, para atajar, atravesé un montón de viejas callejuelas. De pronto, vi delante de mí a lady Alroy, completamente tapada con un velo y andando muy deprisa. Al llegar a la última casa de la calle, subió los escalones, sacó una llave y entró en ella. “He aquí el misterio”, pensé; y me acerqué presuroso a examinar la vivienda. Parecía uno de esos lugares que alquilan habitaciones. Su pañuelo se había caído en el umbral. Lo recogí y lo metí en mi bolsillo. Entonces empecé a cavilar sobre lo que debía hacer. Llegué a la conclusión de que no tenía el menor derecho a espiarla y me dirigí en carruaje al club. A las seis aparecí en su casa. Se hallaba recostada en un sofá, con un elegante vestido de tisú plateado sujeto con unas extrañas adularias que siempre llevaba. Estaba muy hermosa.

»-No sabe cuánto me alegro de verlo -dijo-; no he salido en todo el día

»La miré sorprendido, y sacando el pañuelo de mi bolsillo, se lo entregué.

»-Se le cayó esta tarde en la Calle Cummor, lady Alroy -señalé sin inmutarme.

»Me miró horrorizada, pero no hizo ninguna tentativa de coger el pañuelo.

»-¿Qué estaba haciendo allí? -inquirí.

»-¿Y qué derecho tiene usted a preguntármelo? -exclamó ella.

»-El derecho de un hombre que la quiere -contesté-; he venido para pedirle que sea mi mujer.

»Ocultó el rostro entre las manos y se deshizo en un mar de lágrimas.

»-Debe contármelo -proseguí.

»Ella se puso en pie y, mirándome a la cara, respondió:

»-Lord Murchison, no tengo nada que contarle.

»-Fue usted a reunirse con alguien -afirmé-; ése es su misterio.

»Lady Alroy adquirió una palidez cadavérica y dijo:

»-No fui a reunirme con nadie.

»-¿Acaso no puede decir la verdad? -exclamé.

»-Ya se la he dicho -repuso.

»Yo estaba furibundo, enloquecido; no recuerdo mis palabras, pero la acusé de cosas terribles. Finalmente, me precipité fuera de su domicilio. Ella me escribió una carta al día siguiente; se la devolví sin abrir y me fui a Noruega con Alan Colville. Regresé un mes más tarde y lo primero que leí en el Morning Post fue la muerte de lady Alroy. Se había resfriado en la ópera, y había muerto de una congestión pulmonar a los cinco días. Me encerré en casa y no quise ver a nadie. La había querido demasiado, la había amado con locura. ¡Santo Dios! ¡Cuánto había amado a esa mujer!

-¿Y nunca fuiste a aquella casa? -le interrumpí.

-Sí -replicó.

»Un día me dirigí a la Calle Cummor. No pude evitarlo; me torturaba la duda. Llamé a la puerta y me abrió una mujer de aire respetable. Le pregunté si tenía alguna habitación para alquilar.

»-Verá, señor -contestó-, en teoría los salones están alquilados; pero, como hace tres meses que la señora no viene y que nadie paga la renta, puede usted quedarse con ellos.

»-¿Es ésta su inquilina? -quise saber, mostrándole la foto.

»-Sin duda alguna -exclamó-, y ¿cuándo piensa volver, señor?

»-La señora ha fallecido -repuse.

»-¡Oh, señor, espero que no sea cierto! -dijo la mujer-. Era mi mejor inquilina. Me pagaba tres guineas a la semana sólo por sentarse en mis salones de vez en cuando.

»-¿Se reunía con alguien? -le pregunté.

»Pero la mujer me aseguró que no, que siempre llegaba sola y jamás veía a nadie.

»-¿Y qué diablos hacía? -inquirí.

»-Se limitaba a sentarse en el salón, señor, y leía libros; a veces también tomaba el té -respondió ella.

»No supe qué contestarle, así que le di una libra y me marché.

-Y bien, ¿qué crees que significaba todo aquello? ¿No pensarás que la mujer decía la verdad?

-Pues claro que lo pienso.

-Entonces, ¿por qué acudía allí lady Alroy?

-Mi querido Oswald -replicó-, lady Alroy era simplemente una mujer obsesionada con el misterio. Alquiló esas habitaciones por el placer de ir allí tapada con su velo, imaginando que era la heroína de una novela. Le encantaban los secretos, pero no era más que una esfinge sin secreto.

-¿De veras lo crees?

-Estoy convencido.

Sacó la cajita de tafilete, la abrió y contempló la fotografía.

-Sigo teniendo mis dudas -exclamó finalmente.

FIN

Oscar Wilde, dramaturgo, novelista, dandy irlandés y sobre todo víctima de escándalos por todo tipo de acusaciones sexuales.

Dotýka, bahno a Eva Švankmajerová (teorie a praxe).

Puedo afirmar sin exagerar que Jan Švankmajer es el director de cine cuyas obras más me han fascinado. Recuerdo que hace unos meses, vagabundeando por youtube, encontré un video llamado Zamilované Maso (Meat love); el stopmotion tan realista, con esa idea tan simple pero a la vez ingeniosa, tan grotesca pero tan cautivadora de hacer bailar concupiscentemente a dos filetes, de hacer que se lancen a la harina y se besen apasionadamente al son de una radio, unido ello a un breve resumen de su vida expuesto bajo el video, fue estímulo  suficiente para motivar mi curiosidad y desear aprender más sore él. Encontré cortos tan singulaers como Žvahlav aneb šatičky slaměného Huberta (Jabberwocky), en el que juega con su propia infancia y mezcla toda clase de objetos, puzzles y muñecos inanimados en una vorágine melancólica y absurda (absurda porque, ante todo esto, una niña recita el poema homónimo de Lewis Carroll); o Byt (The flat), en el que simples y cotidianos objetos le hacen la vida imposible a un miserable humano, que no tiene ya más que asumir su destino (y su pollo).

Pero no me entretendré más en sus obras menores, pues de lo que realmente quiero hablar es de sus largometrajes. A día de hoy hay seis, y parece que, aunque dijo que su largometraje Přežít svůj život (Surviving life) de 2010 sería el último, hay otro proyecto en su mente, llamado Hmyz (Insects). A estas dos se suman Něco z Alenky (Alice), basada en el clásico y readaptadísimo Alice in wonderland de Lewis Carroll (sí, otra vez); Lekce Faust (Faust), basada en la legendaria historia de Fausto, de Johann Wolfgang von Goethe, pero con el toque svankmajeriano particular de las marionetas gigantes y el stopmotion tan realista con simple barro; Šílení (Lunacy), basada en un par de relatos de Edgar Allan Poe (son “The System of Doctor Tarr and Professor Fether” y “The Premature Burial) y además con manifiestas alusiones al Marqués de Sade; Otesánek (Little Otik), que trata de un matrimonio que quiere concebir a un hijo pero les resulta imposible, y un giro del destino les cumple sus obstétricos deseos al ofrecerle un hijo de madera; y la que he dejado para el final es precisamente la que me parece más interesante: Splikenci slasti (Conspirators of pleasure).

Los conspiradores del placer es verdaderamente una película extravagante (pinchad aquí para verla) pergeñada por una mente extravagante (la del mismísimo Švankmajer), y para un público extravagante (los cinéfilos surrealistas de Praga, la asociación Linterna Mágica, etc).  El largo nos cuenta, sin el más mínimo aserto durante más de hora y media (ni falta que hace), las peripecias de los habitantes de un bloque de vecinos que intentan hallar la forma de alcanzar su excéntrico éxtasis sexual a través de experimentos táctiles. El Señor Pivonka es un soltero que construye una marioneta de tamaño real de su vecina, la Señora Loubalová, quien asimismo ha hecho otra de él; a esto, Pivonka recibe una carta de la cartera que dice “En Domingo”, mientras creaba el busto de un pollo gigante (clara referencia del director a los collages del surrealista Max Ernst) para colocárselo en la cabeza; Pivonka no hace caso del mensaje y le pide a su vecina que le degolle un pollo para él (entonces vemos como él recoge la sangre del pollo, que más tarde le será de utilidad). El Señor Kula es el kiosquero local, que está enamorado de la presentadora de un programa de noticias (quien a su vez siente placer al meter sus pies en un barreño con peces), y consigue crear una especie de robot abrazador para simular el acto sexual con ella. Mientras, la cartera local esnifa bolitas de migas de pan antes de dormir y el marido de la presentadora (el jefe de policía) se da masajes con rodillos llenos de clavos, plumas, chinchetas, esponjas y demás objetos con texturas antitéticas. Los verdaderos propósitos y el grand finale de los dos protagonistas me los callaré.

En fin, parece que todo es un completo caos, pero la verdad es que es una película llevadera, detallada e interesante. Al tratar temas tan pseudo-sicalípticos, tan surrealistas, ridículos y descabellados a la vez (no sería disparatado encontrar alguna inspiración en Un chien andalou de Buñuel y Dalí, pues el mismo Jan ha afirmado su admiración por Salvador y por ese corto en concreto), o lo hace bien, con ternura, con cuidado de no meter la pata yendo demasiado rápido, haciendo uso del stopmotion sólo como el componente mistificador y esotérico que refleja las fantasías de los protagonistas y escogiendo una banda sonora adecuada (operística), como ha hecho él… o se filma una película ininteligible  que usa esas excentricidades para atraer la atención de los curiosos, aunque carezca de mensaje y moraleja (y moralina). Y es que la moraleja de Splikenci slasti reside precisamente, según he entendido yo, en que cada uno de nosotros, ya seamos solteros compradores de porno, frígidas presentadoras de telediarios o jefes de policía, nos debemos a nuestras obsesiones, y haríamos lo que fuera por ellas (ya consistan en flagelar a un muñeco de paja al estilo del BDSM o en reunir profilácticos para ponértelos en los dedos), pues demuestran lo que realmente nos apasiona, nos seduce, nos hipnotiza sobre todas las mundanas frivolidades a las que estamos sujetos día a día; siempre debemos recordar nuestras obsesiones, pues nos caracterizan. Como dijo el director en su Decálogo (incluido en el libro “Para ver, cierra los ojos”): “Sé un sumiso de tus obsesiones. Tus obsesiones son, con mucho, lo mejor que posees. Son reliquias de la infancia…”

¿Y cuáles son las obsesiones del director?  Las obsesiones de Jan Švankmajer son la sinestesia, la experimentación táctil, la retrospección a la infancia, el autoanálisis, Arcimboldo, la autoparodia (como demuestra en los prólogos de Přežít svůj život y Šilení), las marionetas (de cualquier tamaño, de cualquier color, de cualquier forma), los cuentos (infantiles, kafkianos o poescos), la “Praga mágica” de Meyrink, el componente onírico, Sigmund Freud, etc.

EXTRACTO DE “PARA VER, ABRE LOS OJOS”, DE JAN SVANKMAJER. CEREMONIA MÁGICA DE INICIACIÓN AL TACTILISMO:

“Aislar al iniciado en una habitación a oscuras.

Debe mantener su mano sumergida en crema negra de ictiol durante una semana.

En ese tiempo, la espalda debe estar cubierta de cataplasmas de grasa de oca y ortigas finamente picadas.

La planta del pie izquierdo debe tocar una superficie de agua caliente.

La planta del pie derecho una superficie de agua helada.

Pasados tres días, los pies cambian de posición.

Su rostro recibirá un aire caliente proporcionado por un abanico.

Introducirá su pene vendado en un tubo hecho con una lámina de papel de lija.

Las rótulas serán suavemente golpeadas con un mazo de oro.

Tres veces al días, se inyectará en el brazo izquierdo una dosis justa de mescalina.

Transcurrida una semana, se introducirá al iniciado en el laboratorio del Gran Tatuador, que tatuará en su espalda la huella aumentada de su dedo pulgar, al tiempo que dirá:

¡Convierte lo frío en cálido, lo blando en duro!

¡Lo fluido en sólido!

¡Lo áspero en liso!

¡Lo hiriente en amoroso!

¡Y viceversa!”

etc.

Arriba: la cara que se le quedó al bueno de Jan tras su ceremonia mágica de iniciación al tactilismo.

Dicho esto, recomendamos vivamente toda la filmografía del director (sus 30 cortometrajes y sus seis películas), así como, a los interesados y curiosos, los directores checos Oldrich Lypský, Jiri Barta, Jiri Trnka o los epígonos de Svankmajer: Terry Gilliam, Tim Burton o los Hermanos Quay.

Links para Splikenci slasti (Conspirators of pleasure):

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¡Y ahora debes cerrar los ojos! ¡De lo contrario, no verás nada!