Estimada miscelánea de narcisistas…

…arengas aparte, estoy atónitamente desconcertado. No pretendo pecar de incongruencia, pero vuestra falta de pundonor me ha apesadumbrado hasta extremos ignotos. No habiendo respondido a mi anterior carta, me han revelado lo ufana que puede llegar a ser una institución como la suya, a la que yo suponía egregia, filantrópica y augusta. Ahora concibo lo hiperbólico de mis pensamientos. Pero, como hispanohablante y ferviente adulador de tan digno idioma, me vi en objeto de denunciar esa incuestionable falta de vocabulario que nos flagela. So welcher ist der klügste? …responder a tal pregunta sería caer en el más estricto papanatismo, pues la contestación es incontrovertiblemente axiomática.

Pero no pretendo con esta carta ulterior envileceros con crueles vilipendios, sino espolearos a alcanzar metas más estimables. En lugar de haberos hecho sucumbir al tedio, mis dos palabras inventadas deberían haberos inspirado a crear diversas y nuevas expresiones.

Espero que mi idiosincrasia no se vea reflejada en esta diatriba de forma inicua, pues yo sólo pretendo que mis consejos sean escuchados y, como es palmario dadas las molestias que me he tomado, recibir una respuesta a mi mensaje. Lejos entonces de iniquidades y disfavores, por favor, respondan cuanto antes, de lo contrario me veré obligado a explayarme en una tercera carta que será enviada en las dos semanas venideras.

Estimada marabunta de pedantes…

…dejémonos de prolegómenos. Escribo esta carta bajo una ingente cantidad de orgullo. Fácil aunque aun así plausible resulta percatarse de lo que yo me he percatado: en nuestro vocabulario no existen palabras ni expresiones suficientes. Hoy, en una de mis típicas e interminables pláticas con un camarada, quise darle una información que, con nuestro idioma como único código, me fue imposible. Ruborizado por hablar una lengua tan insustancial y malhadada, le di la espalda y decidí ampliar el castellano a base de inventiva y creatividad. Algunos ingenuos se atreverán a confirmar, en pleno uso de su hipocresía, que nuestra lengua romance es “bella a la par que completa”, ergo corroborar tal aserto resultaría una estulticia de dimensiones pantagruélicas. Ciertos pretenciosos perifrásticos afirmaran mediante circunloquios rimbombantes que estoy desequilibrado, pero yo no soy un loco, soy un soñador.

Llego así a la tesis de mi carta: he creado, a partir de la nada, dos nuevas palabras para nuestro idioma, y me complacería enormemente que las aceptaran como técnicamente correctas. La propia evidencia de la beldad de estas palabras hace superflua su mención. La primera de las palabras se escribe ·squashy”, y podría utilizarse en el contexto de “aquello que carece de sabor”. La palabra “squashy” (palabra que debe ir acompañada de un tono gradualmente aumentativo) describe el sabor del agua misma, la insipidez. La segunda y última palabra es ni más ni menos que el más despectivo de los insultos jamás ideado. Esta palabra tiene sus orígenes en la muy recurrente “mentecato”. Tras percibir que la primera sílaba es, más que innecesaria, irritante, la hice desaparecer con los ojos de un nonchalance. La palabra resultante es “tecato”, y debe usarse en el peor de los casos como agravio, como humillación a un sempiterno enemigo.

Espero con esta subrepticia y sardónica parábola haberles persuadido. La urgencia es ya innegable, y el desastre, inexorable. Doy por supuesto que no habéis sucumbido al ignoratio elenchi, pues creo que me he explicado con formalidad, grandilocuencia y facundia. Y doy por sentado, en aras de preservar el decoro entre ambos, que mi mensaje no haya provocado animadversión o malquerencia.

Tomen o no tomen mis palabras tan seriamente como se merecen, por favor, contesten.

Postdata: “Limpia, fija y da esplendor” nunca fue un lema acertado, y  ocasionalmente me recuerda al sinsentido de Cortázar o a los anuncios de detergente.

Algo que objetar.

Aquellos que me conocen habrán oído de mis labios varias veces la frase: “hay tres cosas que nunca haré: deporte, levantarme temprano un domingo y convertirme en un ciudadano útil.” Esa es la razón por la que me entrego en estos momentos al superfluo e innecesariamente prolijo arte de la crítica. He escogido para esta ocasión las dos adaptaciones de “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde.

Pero dejémonos de prolegómenos. Comenzaré por la película Dorian Gray, estrenada el año 2010. Digamos, por lo pronto, que Oscar Wilde debe estar retorciéndose en su féretro de plata. Si bien la magistral novela del dandy irlandés fue criticada erróneamente por los snops de la época al decir que no enfatizaba lo suficiente en el castigo moral de la perversión y el pecado, actualmente la parida de Oliver Parker también se ha ganado críticas igualmente incorrectas al ser dicho que la adaptación -como ellos la llaman- es un punto de vista libre de lo que podría haber ocurrido en el libro, o lo que éste insinuaba. No podemos entonces sino colegir que la subraza de los críticos siempre cree llevar razón cuando no la lleva, y viceversa.

La verdad es que no sé ni por dónde empezar… quizás el mayor problema que tiene la película es que, según mis deducciones, han escogido a un director que se aburrió de la obra en el capítulo 11 y a partir de ahí tergiversó el argumento a placer en un mediocre amago de puntualizar su personalidad. Lord Henry puede ser el ejemplo óptimo para esta incomprensión de la que hablo, al ser no sólo convertido en padre, sino además pasando de personaje exclusivamente teórico en la novela a mordazmente práctico en la película; el hecho de que incluyan a bocajarro y sin venir a cuento sus más celebres citas de la obra original puede parecer un alivio para los guionistas, pero para quien esté familiarizado con el libro no es más que un vano intento por repechar y salir del pozo ciego en el que se habían adentrado desde el principio. Pero la desafortunada caracterización de Wotton no debe eclipsar al bisexual y en demasía libidinoso Dorian Gray, quien es con Wilde al principio un personaje susceptible e ingenuo, luego un cordero de Lord Henry, más tarde un malvado y finalmente un hombre arrepentido; según Parker, Dorian Gray paga sus pecados con el sexo, y paga el sexo con los pecados –ejemplos de dicha teoría pueden encontrarse en sus acciones contra Basil Hallward y Sybill Vane respectivamente-, y parece ignorar por completo la fruición de la perversidad y la corrupción. Por otra parte, Parker, al igual que la gran mayoría de cineastas del mundo, según especulo, vive su vida ambicionando un orgullo ilusorio que jamás estuvo ahí, y esto, que debe ser tomado a la vez como causa et consequens de su mediocridad, provocó la intrusión en su film de tamaña mojigatería injustificada e injustificable concebida en los ensueños de la prepotencia. En efecto, la obra de Parker incluye escenas provistas de la esencia de la novela que nos concierne, pero esa semejanza volátil desaparece al transcurrir los cinco primeros minutos de la película. James Vane aparece atropellado por un tren o algo por el estilo, Basil Hallward mantiene relaciones concupiscentes con el protagonista, y el casi filósofo Harry, en un arrebato de inspiración, descubre el malhadado secreto de Dorian, que ulteriormente será el nudo gordiano sólo eludible con el asesinato –o, más bien, la confluencia en el asesinato-. Todas estas modificaciones no hacen sino envilecer mi ya inefable odio hacia su persona, y no puedo evitar desear que se replieguen contra él todas las desgracias que cometió contra los personajes de la obra, a saber: que lo desnaturalicen, lo suplanten patéticamente y lo dejen desvirtuado en un oscuro callejón londinense empujándolo a la mendicidad y a la delincuencia que parece haber conocido en demasía en dicha película, aunque no ha sido capaz de transmitirla, perpetrando así la obra no con maldad, sino con la ignorancia de la maldad. Por último, respecto a lo tocante en esta película, diré que hay dos actores que no han hecho del todo mal su trabajo: son Colin Andrew Firth (Lord Henry) y Ben Chaplin (Basil Hallward). Respecto a Ben Barnes, unas sucintas expresiones bastarán para explicar su deficiencia dramática; todo insulto no será más que un eufemismo demasiado suave, pues la perversidad que debía yacer en su semblante tornó en una marchita inocencia que no pasa de la típica pataleta infantil. Aun así, físicamente hablando, casi todos los actores pueden semejarse a sus personajes –aunque no debemos olvidar que el verdadero Dorian Gray de Oscar Wilde posee una rubia y rizada melena, por mucho que los tres Dorian Gray morenos que hasta ahora han aparecido en la gran pantalla se nieguen a asimilar-.

Y ahora permitidme dar un salto de sesenta y cinco años en el tiempo para hablar de la adaptación cinematográfica de El retrato de Dorian Gray dirigida por Albert Lewin. Este director parece vivir en el miedo a ser juzgado, mientras que el impávido e insolente Parker parece no hacer otra cosa que querer ser juzgado –unamos nuestras manos y recemos por que algún día un juez lo condene a leer la novela que se negó a adaptar plausiblemente-. Pero la adaptación de Lewin sí merece mi aprobación en casi todos sus aspectos, pues además de no fantasear nuevas tragedias a la vida de Dorian como hace Oliver, acude a métodos muy laudables para la acentuación del carácter fatalista del retrato como son el surrealismo corrupto predominante en el segundo cuadro (pintado por Iván Le Lorrian Albright en un trance de inspiración), al color sólo perceptible en las escenas del cuadro, a la visión del mencionado cuadro en cuerpo entero –visión que no aparece en La liga de los hombres extraordinarios ni en la ya criticada adaptación de 2010-, o a la invención de una causa para los sobrenaturales poderes del retrato –hablamos ya de un gato egipcio que no aparece en la novela-. Aun así, no todo es luz y belleza en la película –no, aunque Henrique Medina se esfuerce en intentarlo-, pues los muy automáticos movimientos de Hurd Hatfield (Dorian Gray) le hacen a uno abstraerse del encanto predominante. Por el contrario, George Sanders (Lord Henry Wotton) parece olvidar que se encuentra actuando para el cine, y su naturalidad distraída no hace más que ofuscar a su personaje. Además, las ingeniosas y cultas alusiones a Shakespeare de que hizo alarde Wilde son sustituidas en la escena de Sybill Vane por una frívola canción sobre la pureza, sobre un pájaro amarillo o sobre algo por el estilo que no pude llegar a entender, o que no quise hacerlo. Pero es cierto que esta película sí fue mínimamente fiel a la novela, y eso es algo que no puede decir Parker.

Por último y para terminar mi quizás demasiado explayada crítica a mi novela predilecta, cotejaré las dos películas para hacer así más palpable la superioridad de una con respecto a la otra –sería superfluo concretar a cuál me refiero en cada caso-.

En primer lugar, la versión de 1945 goza del próvido trabajo de la reflexión interior, que contrasta con el probablemente improvisado guión de la versión de 2010. Pero no es ésta la única característica en la que ambas adaptaciones se oponen, pues podemos alargar la lista hasta límites insondables. En la versión de 1945, los actores no se parecen físicamente en absoluto a los personajes que encarnan, y me atrevería a decir que en la película de 2010 se asemejan quizás demasiado; en 1945, Dorian Gray está demasiado mayor y hastiado, y en 2010, no lo suficientemente mayor y de un entusiasmo que nos hace sentir incómodos; en 1945, Dorian no es muy pervertido, aunque sí muy perverso, conceptos que deben invertirse para hablar de la película de Parker, en la que el chico retratado es pervertido, pero no perverso; en cuanto a sus relaciones con Basil, en 1945 ni siquiera se menciona que el pintor esté enamorado de él, aunque dicho patinazo es compensado en 2010, cuando, a merced de la imbecilidad, Parker lleva dichas relaciones homosexuales hasta un “trabajo oral”. Y así podríamos continuar día y noche hablando de las diferencias entre las dos películas y entre éstas dos y la novela, pero no creo tener el tiempo suficiente para criticarlo todo, y menos cuando sé bona fide que apenas nadie lo leerá.

Aprovecho este espacio para dar fin a mi crítica recomendando la novela de Oscar Wilde y la película de Lewin, pero no la película de Parker –por el amor de Dios, si de verdad os gusta Dorian Gray, no la veáis-. Esto es todo lo que he dicho, y creo que todo lo que se puede decir sobre Dorian Gray, y como dijo Oscar Wilde “sólo hay una cosa peor a que todo el mundo hable de ti, y es que nadie lo haga”.

PD. Dejaré los links para descargar la versión de 1945, pero por supuesto no difundiré la película de 2009:

Versión de 1945: http://rapidshare.com/files/271971235/Dorian_JBd.part01.rar http://rapidshare.com/files/271978282/Dorian_JBd.part02.rar http://rapidshare.com/files/271985266/Dorian_JBd.part03.rar http://rapidshare.com/files/271991523/Dorian_JBd.part04.rar http://rapidshare.com/files/271997708/Dorian_JBd.part05.rar http://rapidshare.com/files/272003904/Dorian_JBd.part06.rar http://rapidshare.com/files/272010244/Dorian_JBd.part07.rar http://rapidshare.com/files/272015187/Dorian_JBd.part08.rar

…y los subtítulos aquí:

http://rapidshare.com/files/233063976/DdDdGgGy_by_josuefunes.dlc